Todos tenemos una lista. Conversaciones que sabemos que tenemos que tener y que vamos pateando con la excusa de que todavía no es el momento. La devolución incómoda al socio. El feedback duro a esa persona del equipo que da menos de lo que podría. La charla con uno mismo sobre por qué seguimos sosteniendo algo que ya no nos hace bien.
Lo que aprendí acompañando líderes durante más de diez años es que esa lista no se achica sola. Crece. Y mientras crece, también crece el costo de no tenerlas. Equipos que se desgastan, vínculos que se enfrían, decisiones que se toman a destiempo. Lo que parecía una postergación prudente termina siendo una renuncia silenciosa a liderar.
¿Por qué las evitamos?
Casi nunca es por falta de coraje. Es por falta de espacio. No tenemos un lugar donde primero pensar qué queremos decir, cómo lo queremos decir, qué nos pasa con eso. Las conversaciones difíciles requieren preparación, no solo decisión.
Cuando un líder se da el tiempo de poner en palabras lo que le pasa antes de tener la conversación, todo cambia. Aparece claridad sobre el propósito real (¿qué quiero que pase después de esto?), aparece empatía con la otra persona, aparece la posibilidad de hablar desde un lugar más adulto y menos reactivo.
El primer movimiento es interno
Por eso digo que el liderazgo empieza ahí. No en la sala de reunión, no en el email enviado. Empieza en el momento en que decidimos mirar lo que estuvimos evitando y darle un espacio. Aunque al principio sea solo para nosotros mismos.
Si tenés una conversación pendiente, te invito a que esta semana le des 20 minutos a sentarte y escribir: qué querés decir, por qué te cuesta, qué necesita escuchar la otra persona. No para resolverla todavía. Solo para empezar a escucharte sobre ella.
Muchas veces ese ejercicio cambia la conversación antes de que ocurra. Y a veces cambia también la decisión sobre si hace falta tenerla.